Cómo llegué aquí

Me llamo Javier, tengo 49 años y llevo dos décadas trabajando en el departamento de sistemas de una empresa mediana, la mayor parte del tiempo sentado delante de dos pantallas. Durante casi veinte años no le presté demasiada atención a mi cuerpo: comía lo que había, dormía lo que dejaba el trabajo y el movimiento se reducía a subir escaleras cuando fallaba el ascensor. Funcionaba, o eso creía.

El cambio no llegó de golpe. Fue más bien una acumulación de pequeñas señales que, mirando atrás, resulta evidente que estaban conectadas: llegar a casa sin ganas de hablar con nadie, dormir ocho horas y despertarme como si hubiera dormido cuatro, notar la espalda cargada incluso los fines de semana. Durante un tiempo lo atribuí a la edad, sin más. "Son los 45", pensaba, como si fuera una sentencia que había que aceptar sin hacer preguntas.

Lo que probé y no funcionó

Como cualquiera con acceso a internet, probé de todo un poco: una app de dietas que abandoné a la semana, un abono de gimnasio que usé tres veces, suplementos que compré por recomendación de un compañero. Nada de eso falló porque fuera mala idea; falló porque no encajaba con mi vida real, la de alguien con horario de oficina, dos hijos y poca energía sobrante al final del día. Aprendí que el problema casi nunca es la falta de información, sino intentar cambiar demasiadas cosas a la vez.

El cambio real

Lo que de verdad funcionó fue justo lo contrario: reducir la ambición y aumentar la constancia. Empecé por una sola cosa, beber agua de forma consciente durante el día, y hasta que no se convirtió en costumbre no añadí nada más. Después vino caminar al salir del trabajo, luego cuidar el sueño, y por último prestar más atención a cómo comía, no solo a qué comía. Cuatro cambios pequeños, extendidos en el tiempo, que juntos supusieron una diferencia que ningún cambio aislado me había dado antes.

No fue un proceso lineal. Hubo semanas en las que lo dejé todo por cansancio o por trabajo, y tuve que volver a empezar más de una vez. Anotar lo que iba probando, en un cuaderno físico al principio, me ayudó a ver patrones que de otra forma se me habrían escapado.

Por qué comparto esto

Empecé a escribir públicamente porque varios compañeros de trabajo, al verme distinto, me empezaron a preguntar qué había cambiado. Contarlo uno a uno se volvió repetitivo, así que decidí ponerlo por escrito. No tengo ningún interés en presentarme como un ejemplo a seguir al pie de la letra: cada cuerpo, cada trabajo y cada etapa de la vida son distintos. Lo que sí puedo ofrecer es la perspectiva de alguien que ha pasado por lo mismo y que puede escuchar sin juzgar.

Qué no soy

Para que quede claro desde el principio: no soy médico, ni nutricionista, ni entrenador personal certificado. No hago diagnósticos ni sustituyo la consulta con un profesional sanitario cuando hace falta. Lo que ofrezco es una conversación honesta, gratuita y sin compromiso, para ayudarte a pensar por dónde empezar tú, según tu situación. Si en algún momento tu caso necesita atención médica, seré el primero en decírtelo y en animarte a buscarla.